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Historia de Cayaltí, por Nivardo Córdova S.

Letra de cambio, por el valor de 10 libras, emitida por la Hacienda Cayaltí en 1912. Abajo hay una nota escrita a mano y firmada por uno de los miembros de la familia Aspíllaga.

 

Foto: mercadolibre.com

Los orígenes de lo que hoy es el distrito Cayaltí, y también la toponimia de su misterioso y bello nombre, están en el nacimiento de la cultura peruana. Por las evidencias arqueológicas cercanas (cerro Corbacho, huaca Mataindios, Cerro Saltur e incluso Huaca Rajada, entre otras) y su cercanía al río Zaña podemos deducir que Cayaltí fue un enclave estratégico para las culturas Moche y Lambayeque, y quizás para anteriores civilizaciones precolombinas de la costa norte.
Evidencias documentales obtenidas a partir del siglo XVI (después de la conquista española) demuestran que Cayaltí fue antaño una próspera hacienda, que ya es mencionada en documentos del sigo XVIII en el Virreinato del Perú, junto con las haciendas de Piccsi, Pátapo, Luya, Pomalca y Úcupe, así como el antiguo “Ingenio Azucarero de Collique” que cita el gran historiador lambayecano Jorge Zevallos Quiñones.
A la llegada de Francisco Pizarro y sus huestes, nuestra civilización autóctona no conocía el cultivo de la caña de azúcar ni el trigo. Los encomenderos españoles apenas llegaron vislumbraron la calidad de nuestra tierra e inmejorable clima para la agricultura.
Aparte de Zevallos, otros estudiosos se han interesado en el tema, como el patapeño Carlos Arboleda Guanilo e incluso la norteamericana Susan Ramírez McCartney en su libro “Patriarcas provinciales: la tenencia de la tierra en el Perú colonial”, amén de otros más conocidos como Lorenzo Huertas y Manuel Tafur. Asimismo, sobre Cayaltí existes dos estudios notables: “Cayaltí: The formation of a Rural Proletariat on a Peruvian Sugar Plantation. 1875-1933″ (“Cayaltí: la formación del proletariado rural en una plantación azucarera peruana” 1875-1933”) de Michael Gonzáles, (Tesis doctoral, Universidad de California, Berkeley, 1978) e “Historia del Sindicato de Cayaltí” de Orlando Plaza (Tesis de Bachillerato, Pontifica Universidad Católica del Perú, 1971).
¿Quién introdujo el cultivo de la caña de azúcar en Lambayeque? Según Arboleda Guanilo, los primeros en sembrar azúcar en nuestra región fueron Salvador Vásquez (encomendero de Reque) y Luis de Atienza (hijo del encomendero de Collique, Blas de Atienza) en el año 1570.

EL ANTIGUO “INGENIO AZUCARERO DE COLLIQUE”

Casa-hacienda Cayaltí. Arquitectura del siglo XIX.

“Hacia 1585 la población era un pequeño emporio de trabajo. Además del cultivo intenso de maíz, trigo, algodón, chancacas, raspaderas, garbanzos y variados productos hortelanos, dentro del pueblo ya por entonces también se afanaba una fábrica de azúcar conocida por el nombre de “Ingenio azucarero de Collique”, escribe Zevallos Quiñones en “Historia de Chiclayo”.
Afirma Zevallos, basado en documentos de archivo, que en pleno siglo XVI “gran parte de esta producción se llevaba por tierra a los mercados de Lima y por recuas a los mercados de Panamá”. Zevallos demuestra que ya en 1585, un poderoso vecino de Trujillo, Juan Roldán Dávila, solicita al Ingenio de Collique 100 arrobas de azúcar “buena y bien acondicionada”, de acuerdo a un poder dado por Roldán a Pedro de Mondragón ante el notario Antonio de Paz en febrero de ese año.
Más adelante afirma, cuando toca lo relacionado al siglo XVII, que “sin referirnos a Lambayeque ni Saña, a Chiclayo lo rodeaban huertas, chacras, fundos y en ellos se producía en pequeños trapiches de tracción animal mucha azúcar, por ser ella y las harinas de trigo las dos principales demandas de Panamá y Chile”. Arboleda Guanilo en su estudio “Pátapo: una visión geográfica e histórica” (que gentilmente tuvo a bien leernos durante una entrevista en su casa el año 2000) precisa que la producción de azúcar en la costa lambayecana se da en las haciendas de Piccsi, Pátapo, Luya, Pomalca, Cayaltí, Úcupe, entre otras.

ALUVIONES Y TERREMOTOS
Es de suponer, que estos hacendados vieron un excelente negocio en la siembra de caña y en la producción de azúcar. Pero siempre la naturaleza es impredecible y el “Fenómeno El Niño” (que hasta hoy nos amenaza) hizo su aparición. Tras el devastador aluvión del 24 de febrero de 1578, muchos cultivos fueron arrasados.
Décadas después se volvió a producir caña de azúcar. Zevallos dice que en 1675 el azúcar del valle de Chiclayo “que es como el de Saña”, tenía siempre sobreprecio respecto a otros azúcares nacionales y valía siempre cuatro reales más que el de Trujillo.
Luego vino el terremoto de 1867. “Como agobiaba la esterilidad de los campos de trigo, los agricultores se vieron obligados a dedicar todo su esfuerzo a la caña de azúcar, doblando sembríos y construyendo mayor número de trapiches para su beneficio, lo que produjo el fenómeno negativo de la sobreproducción. El precio bajó a la mitad de antes. Sufrió el negocio de los derivados del azúcar como mieles, raspadillas y conservas”, dice Zevallos.
Se ha registrado que en 1701 nuevos aluviones y plagas de ratones dejaron los campos esterilizados y destruidos las plantaciones de caña. Los trapiches se paralizaron y sobrevino escasez de azúcar que continuó por dos años más. Definitivamente era el inicio de una gran crisis económica para la región lambayecana.

LA DESTRUCCIÓN DE SAÑA Y MÁS ESTRAGOS DE “EL NIÑO”
El aluvión de 1720 (un nuevo “Niño”) arrasó la opulenta villa de Santiago de Miraflores de Saña y afectó las plantaciones de la mayoría de hacendados costeños. El sociólogo Luis Rocca Torres en su libro “Zaña, la otra historia”, documenta de manera especial la trascendencia económica, política, cultural de esta ciudad que en su momento iba a ser la capital del Perú, y que incluso tiene ribetes legendarios con episodios como el saqueo que recibió por parte de piratas ingleses, la presencia masiva de esclavos negros traídos desde el Africa, y su producción literaria popular de manos de los famosos “decimistas”. La población sañera damnificada emigró a las ciudades de Lambayeque y Trujillo.

En 1728 surge otra inundación que afectó a toda la población lambayecana. Según Arboleda, “las inundaciones no eran raras en la región, ya que los ríos se desbordaban ahogando rebaños enteros y destruyendo algunas haciendas. El fango y los escombros obstruyeron varios puntos del Taymi, dejando a las varias haciendas sin riego en varias temporadas”. Se refiere a Luya, Tumán y Pátapo, que entonces era administradas por la Orden Jesuita. Obre esta última, refiere que “su limpieza fue larga y costosa, donde apoyaron algunos indígenas y los hacendados aportaron mano de obra, alimentos y animales de tiro para la reconstrucción de sus principales acequias”. Las reparaciones fueron muy difíciles, por los efectos del “Niño”.

En la primera mitad del siglo XVIII la economía de Chiclayo estaba resumida en la siembra de maíz, fríjol, garbanzo, ají, hortaliza, caña y producción de azúcares, que tuvieron una baja notable por las lluvias e inundaciones. La economía era inestable. Disminuyó la exportación de azúcar, miel y conservas a los mercados de Tierra Firme (Caracas, Venezuela).
La crisis aumentó por la mala administración de las haciendas así como litigios de tierras. “El efecto de estos factores acumulados produjeron una crisis general en la economía de exportación basada en la agricultura”, sostiene Arboleda. Los repartimientos y encomiendas desaparecen en el último tercio del siglo XVIII.

EL SIGLO XIX: CAYALTÍ EN PERÚ REPUBLICANO

Boleto del ferrocarril Cayaltí-Eten. A través de la línea ferrea se trasladaba el azúcar desde la hacienda hasta Puerto Eten, para su distribución a nivel nacional y también exportación. Foto: Internet.

La centuria se inicia con la independencia peruana del poderío español. A mediados del siglo XIX Cayaltí estaba en manos de la familia Aspíllaga Anderson, y su producción anual de azúcar era la más alta a nivel nacional, llegando a los 4 mil kilos. Después de la independencia nacional, nuestro país había quedado devastado económicamente y por añadidura el Perú había contraído su primera deuda externa al aceptar dinero inglés para los gastos de la emancipación.
Pero en la década de 1840 todo empezó a cambiar. Aquí la historia nacional da un viraje radical hacia una bonanza a través del guano de las islas, el cual demostró ser un abono efectivo. Inglaterra iniciaba su revolución industrial y necesitaba con urgencia incrementar la producción de su agricultura, siendo el guano un potente fertilizante natural.
El historiador Zevallos Quiñones afirma que “al entrar al siglo XIX la economía norteña era excelente. Primaba la industria azucarera. Llegaron a funcionar trapiches de cobre a fuerza animal en los alrededores de Chiclayo, dando gran impulso a la sementera de la caña de azúcar. Tenía favorable consumo en Chile y la exportación se hacía por el puerto de San José”. Luego se sumó Puerto Eten.
Uno de los rasgos de la economía peruana a los requerimientos del mercado mundial eran las haciendas o plantaciones que exportaban sus productos utilizando los ferrocarriles para efectuar el transporte. Los destinos eran países desarrollados como Inglaterra, Francia, Alemania y posteriormente Estados Unidos hacia finales del siglo XIX.

EL FERROCARRIL Y LA MÁQUINA A VAPOR
Con la revolución industrial, nuevos inventos se difunden en el mundo. En 1860 llega la máquina a vapor a Lambayeque, después de su habilitación en Lima en 1840. Definitivamente esto marca un hito importante, porque esta tecnología se empieza a utilizar en diferentes campos de la actividad humana. La agricultura y la industria azucarera no fueron ajenas a esto.
En 1870 se inicia la construcción de ferrocarriles en el Perú, para entonces un revolucionario medio de transporte que inicia la época moderna y se convierte en una herramienta para el comercio y para unir a las diferentes localidades. En 1873 llega el primer ferrocarril a Pátapo y también por entonces se inicia la construcción de la línea férrea que unía Puerto Eten con Cayaltí. Todo el Perú vibra con el estruendo de las locomotoras. Se construye el Ferrocarril Central de La Oroya, un ejemplo mundial de ingeniería, con el puente más alto del mundo.

LOS BARONES DEL AZÚCAR

Los trabajadores de Cayaltí, a inicios del siglo pasado, tenían que laborar en jornadas de 12 a 14 horas diarias en los cañaverales. (Foto referencial tomada de Internet)

A principios del siglo XX ya empiezan a los hacendados a aumentar su poder económico-social, quienes dentro de su propiedad tenían más poder que las autoridades políticas. Los llamados “barones del azúcar” ejercían notable influencia a causa del inmenso poder económico que tenían, lo que les creó por un lado antipatías con los gremios del naciente sindicalismo, pero por otro lado también eran respetados. Figuran los Aspíllaga en Cayaltí, los Pardo en Tumán, los De la Piedra en Pomalca y los Izaga en Pucalá.
Para mantener y mejorar la producción en el campo, los hacendados pusieron en práctica la modalidad de “enganche” que se practicaba en otras haciendas de la costa peruana. Predominantemente traían pobladores de la sierra, pero a mediados del siglo XIX empiezan a importar personas procedentes de China y Japón, en condiciones muy duras.
“La finalidad principal del enganche era buscar hombres para trabajar en las haciendas. El anganchador socorría a la gente con el dinero que necesitaba para sus sembríos o para la compra de medicina para sus familiares que estaban enfermos, pero con la condición de ir a trabajar a la hacienda. Sin embargo se procedía primero a un contrato que estipulaba que hasta no pagar el ´socorro´ los peones no tenían derecho a percibir ningún salario”.

EL SINDICALISMO Y LOS RECLAMOS LABORALES
Perú no fue ajeno a los movimientos sindicalistas y de reivindicación de las ocho horas laborales. En estas luchas también se dieron enfrentamientos con saldo de vidas humanas. Manuel Tafur Morán y Diana Cordano Gallegos en su estudio. “Los sindicatos en las cooperativas azucareras” señala que los sindicatos azucareros se forman a partir de 1929 y que expresan el descontento por la explotación de la fuerza de trabajo.
Antes de 1929 (año del “crack” norteamericano”), un hecho significativo es la huelga de 1917 en la hacienda Pomalca y en 1921 en Cayaltí, reprimidas con el uso de la fuerza. Los reclamos venían de quienes laboraban en las condiciones más adversas: los braceros o cortadores y los carreros, encargados de llenar los vagones con caña. Solicitaban aumento de salario, dotación de alimentos (antecedente de lo que se conocerá como la “paila”), supresión de los vales de cartón que reemplazaba al dinero y que sólo tenían valor en los tambos de las haciendas, desaparición de los tambos (almacenes de dispendio de alimentos) y el abaratamiento de artículos de primera necesidad (“La Abeja” Nº 766, 9 de Julio de 1917).
Habría que ubicarnos en esta época, en sus vaivenes políticos, para comprender la realidad social de entonces. En su estudio “Antagonismos políticos en Lambayeque, 1920-1930” Luis Heredia Gonzales aborda ese tema, en medio de los nacientes partidos como el APRA y el Partido Comunista del Perú, liderados por Haya de la Torre y Mariátegui, los reclamos populares, las elites familiares de los “barones” del azúcar. En la vida cotidiana la interrelación entre hacendados y cañeros no sólo se daba en el trabajo, sino también en otras actividades como el deporte y la recreación. De alguna manera estas fricciones se tenían que superar, la vida continuaba, la industria azucarera no podía parar.
Manuel Tafur afirma que “como un intento de frenar la organización independiente de los trabajadores, los propietarios acentúan la práctica del paternalismo”. La receta es de mucho sentido común: “atraerlos y servirlos cada vez que lo necesiten o pidan” (Carta del administrador al gerente de Cayaltí, 26 de Nov. De 1921 citado por Lorenzo Huertas). Además está la promoción del deporte: “Hoy -1931- tenemos una buena tarde deportiva y esperamos que vaya mucha gente y estarán entretenidos y contentos y nosotros iremos también. Este apoyo que damos desde nuestra llegada en Cayaltí en 1923 a los clubes deportivos, creo que a la postre ha sido una gran obra y un gran contacto con la gente leal y buena de la hacienda (Carta del administrador al gerente de Cayaltí; 14 de Agosto 1931, citado por Huertas)”.
Por su parte los dueños de Tumán también aplicaron esta receta: “En la época patronal no habían manifestaciones de ningún tipo, excepto para los deportes. Siempre ha habido afición acá, era un escape para entretener a la gente y evitar que se vaya a manifestaciones políticas” (Tumán, en Flores Galindo 1977). De 1929 a 1932 el sindicalismo apunta a lograr conquistas de carácter democrático (derecho a la sindicalización, a la reunión y a la huelga), de carácter económico (aumento de salarios, pago de sobretiempos), de carácter laboral (jornada de 8 horas, mejores condiciones de higiene y seguridad, descanso obligatorio un día a la semana) y de tipo social (construcción y mejoramiento de rancherías o posteriormente “canchones”).
La dictadura que gobernó el Perú en 1930 reprime estos movimientos, como la tristemente recordada masacre de 1931 donde murieron más de 50 obreros. Fue en el mes de junio, cuando trabajadores de Pucalá, Pátapo, Pomalca y Capote se dirigieron a Chiclayo en protesta por el apresamiento de dos líderes de la USTL y el incumplimiento de pacto en Pátapo y Pucalá. En el camino fueron abatidos por la policía.
Otro hecho lamentable es la denominada “masacre de 1950“, ocurrida en noviembre de ese año, donde fueron asesinados por lo menos un centenar de trabajadores durante una protesta sindical. Este crimen es  mencionado por diferentes autores  como por ejemmplo la destacada periodista peruana Susana Grados, actual directora del diario oficial El Peruano, y el economista Slvio Rendón cuyo su artículo fue decisivo para que el autor de este blog publique el reportaje: “Cayaltí: la masacre de 1959 no quedó en el olvido”).

REFORMA AGRARIA Y COOPERATIVISMO
En 1969, tras la promulgación de la ley de Reforma Agraria durante la dictadura militar de Juan Velasco Alvarado, se expropiaron las tierras a los hacendados para entregárselas a los campesinos, bajo la supervisión del Estado. Para la analista Silvia Cuevas, “este fue el inicio de la crisis de las azucareras” ya que “en la práctica, la reforma agraria significó la burocratización del sistema cooperativista que comenzaba a extenderse por todo el país”.
El error de Velasco fue darles las tierras a los trabajadores (y todo el sistema administrativo económico que representaba) sin darles ninguna capacitación. En efecto la relación de servidumbre con los antiguos “patrones” va a desaparecer. La “cooperativa”, una forma de propiedad social de los medios de producción -derivada de los postulados de los modelos socialistas- no fue la solución.
Tras más de veinte años, el fracaso del cooperativismo era evidente. La propiedad colectiva dio muestras de ineficacia. A nivel mundial, con la caída de los regímenes comunistas, se comenzó a ver el fracaso de un sistema político económico que, si bien es cierto, captó el entusiasmo en la época velasquista, no fue el mejor.
En los gobiernos de Belaúnde y sobre todo en el de Alan García, el declive de la producción azucarera era más notorio. Las fábricas no tenían mantenimiento, descendió la producción en el campo y las “cooperativas” fueron cayendo en vicios administrativos, ya sea por falta de capacidad de las cúpulas dirigenciales o por falta de ética.
En 1987 Fujimori empieza a privatizar empresas estatales. Las cooperativas corrieron el mismo destino, con la diferencia que sus acciones se repartieron entre los trabajadores. Algunas empresa vendieron acciones al sector privado -como Pomalca y Pucalá-, pero otras se quedaron así, en medio de la inacción y el desgobierno. Ese es el caso de Cayaltí, que hoy es además distrito.

CAYALTÍ EN LA ACTUALIDAD
Su situación crítica. No hay producción. El fideicomiso con Cofide no dio resultado. Se han abandonado muchos campos de cultivo por falta de financiamiento. Uno de esos sectores es precisamente el anexo La Viña, que fuera invadido por personas que estarían alentadas por traficantes de tierras y donde el 11 de enero de 2003 se produjo un enfrentamiento con un saldo de doce muertos. situación que no se debe repetir jamás, en aras de la paz y la comprensión.
Cayaltí tiene cinco mil hectáreas para sembrar caña, y el resto son huertas y terrenos salinos y para crianza de ganado. Al promediar el año 2005 contaba con 1,300 trabajadores en actividad y 4,190 jubilados y viudas. El ingenio está paralizado y los trabajadores que se dedican a la siembra reciben pequeñas propinas.
“Tantísimos años en esta forma como estamos. En primer lugar entraron unos trabajadores de acá, han sido más vivos que el águila, se llenaron, han arrancado, han arruinado todo, han vendido caballos, han vendido un montón de cosas. En la fábrica ya no hay nada casi, solo el techo está, toditito una desgracia. Y como no se va querer, por eso se ha estado luchando por un inversionista que venga, pero cuando alguien a querido interesarse, la otra parte saltaba y hacía lo imposible. Las autoridades son corruptas, porque no han puesto la orden como debe ser, esa es la verdad. Queremos que el señor presidente de Lambayeque venga a ver esta cuestión. Cayaltí ha sido la primera cooperativa a nivel nacional, y ahora estos pobres hombres, los jubilados hay días que no comen. Cuando hay una propina a veces nos dan, treinta o cincuenta soles, pero eso es para dos días nada más”, señala un traajador de la empresa.
La población, que se ha incrementado, se dedica al comercio o a cultivar sus huertas. Con la llegada de inmigrantes de la sierra, Cayaltí tiene un rostro distinto al que tenía antes. Hay graves problemas sociales que resolver como el desempleo, al que se suma el incremento de la delincuencia común y la adicción al alcohol y las drogas. La urbe carece de un adecuado sistema de agua potable y alcantarillado, sus vías no están asfaltadas.
Quedan los restos de la arquitectura antigua de Cayaltí: la casa hacienda, el ingenio, las casas de obreros y empleados, etc., como mudos testigos de la historia y que, como en el enlace citado, motiva la imaginación de los turistas y “blogueros”. Sin embargo, un importante sector de la población quiere que Cayaltí se levante de sus ruinas. Por ahora quedan los recuerdos, como el de una anciana que dice: “Hoy Cayaltí no es ni la sombra de lo que fue”. (Nivardo Córdova Salinas)

MÁS BIBLIOGRAFÍA SOBRE CAYALTÍ YLA  INDUSTRIA AZUCARERA

Word Sugar History Newsletter. Number 1, November, 1982.

B. Munslow and H. Finch. “Proletarianisation in the third word”. Londres. 1984

Klaren Peter, “The sugar industry in Perú”. Revista de Indias, 2005, vol. LXV, núm. 233, Págs. 33-48.

Gonzales Michael, “Cayalti: The formation of a rural proletariat on a Peruvian sugar came plantation, 1875-1933” PHD Dissertation. (reseña en China Daily).

Moore Stephany Carol, “The japanese in multiracial Perú, 1899-1942”. Dissertation for degree Doctor of Philosophy.

“Antero Aspíllaga dies. He was twice a candidate for presidency of Perú”. Nueva York, diario New York Times, 12 de enero de 1922.

Delbert A. Fitchett, “Agricultural, land tenure arrangements on the norrthern coast of Perú”, Santa Mónica, California. 1966

Klarén Peter, “Formación de las haciendas azucareras y orígenes del Apra”. Lima, 1976.

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